No deberíamos olvidar que educar es ayudar a la persona para que se desarrolle al máximo en su dimensión cognitiva, física, afectivo-social y transcendente, de manera que al final se consiga una mejor persona. Esto significa comunicar conocimientos y contagiar actitudes. Hay una recopilación de información, pero también un saber qué hacer con ella, de qué manera obrar y cómo actuar en la vida bajo unos principios morales, éticos y religiosos.
Educar es una misión compartida por toda la sociedad; en África se dice que para educar a un niño hace falta todo un pueblo, ya que todos los individuos son los que van conformando la personalidad del sujeto y posibilitando con ello su integración en la sociedad. Así pues, la educación en nuestros días debería estar compartida entre todos los agentes de la sociedad, pero especialmente por la Familia y la Escuela, y por supuesto contando con el poderoso influjo de los Medios de Comunicación.
Sin embargo, vemos que la Familia trata de delegar cada vez más esta función en la Escuela, e incluso en los Medios de Comunicación. Las escusas son las ya conocidas: falta de tiempo, falta de preparación, comodidad, ocio, deporte,… Y el resultado, el que estamos viviendo en la actualidad: la permisividad y la sobreprotección, que dan como fruto individuos que no se socializan correctamente y que manifiestan profundos problemas de conducta y relación.