
El matrimonio no es una fusión o confusión de personas. No es la absorción del uno por el otro. Amar es ayudar a la persona del otro a crecer y a ser ella misma, nunca poseerla.
El matrimonio supone el don total del uno al otro, pero nunca la fusión o dilución de las personalidades. En todo momento debemos dar al otro la libertad de ser él mismo. El don total y exclusivo del matrimonio, exige que cada cónyuge conserve su propia personalidad y encuentre en su unión el terreno favorable para su crecimiento integral .Es bajo esta condición como el amor verdadero y la unidad conyugal toma consistencia. El verdadero amor es aquél que cuida de todas las necesidades del otro cónyuge, no solo de las materiales sino también de aquellas que toda persona tiene de crecer, desarrollarse y ser ella misma. Es necesario para ello que sean respetados los espacios y tiempos libre de cada uno. Es necesario que hagamos como propios las ilusiones y proyectos del otro, animándolo, apoyándolo y mostrando interés en ello.
Renunciar a que el otro se enriquezca, a que sea él mismo, o bien negarnos a ello, es dejar que se empobrezca nuestra relación. Siempre será necesario llegar a un acuerdo satisfactorio para los dos, aunque no siempre resulte fácil.
Por propia experiencia, puedo decir la importancia que lo dicho tiene para la relación de pareja. En un momento de mi vida, sentí la necesidad de realizar una ilusión, realizar los estudios de Derecho. Con cinco hijos pequeños, es de comprender lo compleja que resultaba la situación. Lo expuse a mi cónyuge, encontrando en él todo el apoyo y ánimo necesario. No fue fácil para él, le supuso bastantes sacrificios, derivado en gran medida por mis horas de estudio. Mi ilusión y necesidad humana, se cumplió, a la vez que mi relación de pareja se vio fortalecida.
Si hoy, él dice sentirse orgulloso de mi, más orgullosa me siento yo de él por haberme comprendido y animado.