Comentario a Juan 20, 19-31
Cuando a tu alrededor, ves tristeza, desencanto, rupturas.; tantas parejas, que apenas llevan casados unos años y ya están cansados de luchar; matrimonios que se conforman con “dejarlo estar”, para no tener que provocar un conflicto; cónyuges que no se aprecian; esposos que desprecian a sus mujeres; esposas que viven su vida al margen de sus maridos; padres que no se encargan de sus hijos, madres que cargan con todo el cuidado de los suyos; matrimonios con fecha de caducidad aún antes de haberse celebrado.
Cuando esto aparece, hay que reconocer que se torna difícil, ver o descubrir que, al final, la vida vence a la muerte. Es difícil creer contra toda esperanza. Pero por otro lado y sin ánimo de tratar de ser exculpados, o de buscar consuelo, o quizás sí, volvemos a decir “¡Señor mío y Dios mío! Gracias a padres y madres que pese a trabajar muchas horas, a pesar de estar cansados hasta la saciedad, desean y buscan estar con sus hijos, con sus parejas; o gracias a hombres y mujeres que prefieren trabajar y cobrar menos para tener más tiempo con sus familias; gracias a mujeres y hombres que dejan su tiempo de vacaciones y relax para cuidar de sus mayores; gracias a tantas parejas, a muchos amigos que, a pesar de todo, enamorados, siguen apostando por el amor y siguen comprometiéndose en matrimonio.
Hay motivos para la alegría, hay motivos para el amor, hay motivos para la vida. Feliz culpa que mereció tal redentor
EVANGELIO
Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-31
A los ocho días, llegó Jesús
Texto Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros.” Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado.
Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.” Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: – “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.”
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor.” Pero él les contesto: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.” A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: “Paz a vosotros.” Luego dijo a Tomás: “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.” Contestó Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!”
Jesús le dijo: “¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.”
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.