¿Por qué una escuela de padres?

Posted on octubre 15th, 2011 in Escuela de Padres by

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Actualmente los grades cambios y las dificultades que presenta nuestra sociedad no solo nos están afectando personalmente sino al ámbito que más importante ha sido y será siempre en nuestra vida: La familia.

Cuando volvemos la vista atrás nos damos cuenta que ha sido gracias a ella en donde hemos aprendido como una verdadera escuela de vida. Sin embargo parece que la cuidamos poco, mientras que cada vez más dedicamos nuestros esfuerzos a obtener títulos profesionales para alcanzar un trabajo en donde nos sintamos valorados.

A todo ello por supuesto hay que añadirle las dificultades sociales y como no las antropológicas que cada vez más nos desorientan. De esta manera observamos como muchas familias han perdido el rumbo por no estar arraigadas en unos fundamentos propios: los padres cada vez más pierden su autoridad, los hijos crecen sin referentes, y los matrimonios se van desgastando en medio de toda esta situación.

Desde ahí nos damos cuenta como la familia sufre en su propia raíz, ha perdido su esencia y necesita recurrir a otros, en su mayoría psicólogos que les ayuden cuando todo parece desbordado. Cuando contemplo esta realidad me acuerdo de las palabras que repitió Juan Pablo II en su exhortación apostólica Familiaris Consortio, ¡Familia se lo que eres, se tu  misma!

La familia nace de la unión entre el hombre y la mujer, son ellos los que un día decidieron prometerse amor eterno en la expresión de su alianza matrimonial. Fruto de su unión acogen la vida, convirtiéndose en padres y asumen una misión sagrada de custodiar y educar a sus hijos, porque a ellos corresponde dar continuidad a esta vida nacida de su amor, asegurando con su cuidado y su afecto la construcción y formación de la personalidad total del niño.

“Puesto que los padres han dado la vida a los hijos, tienen la gravísima obligación de educar a la prole, y por tanto hay  que reconocerlos como los  primeros y principales educadores de sus hijos”. (F.C)

Cuando los padres acogen la vida adquieren una nueva identidad “la paternidad”, se convierten en padres pero aprender a ser padres es a veces complicado. Vemos como en muchas ocasiones no resulta fácil su tarea, parece que hay que echarles una mano, para que sean ellos mismos los que ayudados de una formación específica les acompañen en su tarea educativa. Aquí es donde nos damos cuenta de que es necesaria y urgente una formación para padres o comúnmente lo que conocemos como una “escuela de padres”.

¿Pero qué es una escuela de padres y para qué sirve?

Es primordial considerar que una escuela de padres sea aquella que se fundamente en la comprensión de la naturaleza humana, en el amor humano y en una antropología adecuada que permita una mayor comprensión de la relación hombre y mujer. Esto es lo que ayuda a sentar las bases para construir una escuela de padres, pues desde ahí es donde podemos adquirir una verdadera comprensión del ser humano y ayudarles para que sus hijos descubran su identidad o comúnmente a lo que están llamados a ser facilitando una educación integral.

De esta manera vemos como es necesario que una escuela de padres contemple varias dimensiones: educativa, psicológica, médica y espiritual. Esto a veces no resulta fácil pues vemos como mayoritariamente algunas dimensiones no se tienen en cuenta  y simplemente se orienta a dar pautas de comportamiento para con los hijos con las cuales los padres pueden llegar a frustrarse aún más por no poderlas aplicar. Es por eso que reclamamos la intervención de distintos sectores por una parte los padres como principales educadores, el colegio por ser fuente de referencia para ellos de la educación que reciben sus hijos y la Iglesia como parte de un continuo que favorece esa dimensión catequética para la vida.

Todo ello enmarcado en un hilo conductor con una estructura y temática que pueda asentarse en la realidad que viven los padres día a día para convertirse en acitate y fuente de estímulo para atraerlos hacia la escuela de padres y favorecer su continuidad en la medida que se sientan coparticipes y no sean meros receptores pasivos. En este sentido hay que orientar a los padres a convertirse ellos mismos en agentes de cambio, empezando por ellos, que es lo que olvidan muchas escuelas de padres. De esta manera es necesario que antes de dar pautas de comportamientos para el cambio de sus hijos, se favorezca un clima de confianza por el cual se sientan acogidos, sostenidos y alcancen esa seguridad y fuerza necesarias para su tarea educativa. Ya no solo porque hay un equipo de formadores ayudándoles sino por la misma riqueza que se crea entre los demás padres como grupo, el poder compartir experiencias o expresar sentimientos sin ser juzgados. Solo desde ahí podremos conocer que es lo que necesitan, que les preocupa, como se sienten como padres, etc. Y ayudarles a reconocer o a recuperar sus virtudes y fortalezas a la vez aceptar sus propias limitaciones.

Por todo ello concluimos que lo que pretende una escuela de padres es procurar una ayuda para mejorar la vida de familia, para valorarla y promocionarla convirtiéndoles en  ejemplo y modelo de la sociedad en la que vivimos.

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