La Catequesis Familiar

Posted on diciembre 23rd, 2012 in Dimensiones Pastorales,Vocación al matrimonio by

A continuación apuntaremos algunas vías concretas para la transmisión de la fe en la familia. La CATEQUESIS FAMILIAR se encuadra dentro de la misión profética que la familia está llamada a desempeñar como comunidad creyente y evangelizadora.

Las características que son asignadas a esta forma de catequesis son las siguientes:

- Impartida por los padres desde la más tierna edad de los niños, basada en la palabra y el ejemplo para la vida cristiana y apostólica.
- Más señalada con el ritmo de los grandes acontecimientos familiares, en los que se procurará explicitar en familia el contenido cristiano o religioso de los mismos.
- Ha de preceder, acompañar y enriquecer toda otra forma de catequesis.
- Requiere cierta preparación en los padres, que han de ejercer este ministerio de catequistas con un celo infatigable. Los esposos cristianos son para sí mismos, para sus hijos y demás familiares, cooperadores de la gracia y testigos de la fe.
- Los padres han de ayudar prudentemente a sus hijos a elegir su vocación.
- Puede resultar conveniente que las familias se reúnan en asociaciones, con el fin de lograr con mayor facilidad los fines de su apostolado.
La familia como ámbito de transmisión y educación en la fe aparece ya con claridad en la Sagrada Escritura.

El ANTIGUO TESTAMENTO asigna a los padres la tarea de enseñar y transmitir la ley de Dios (Dt, 6). Se trata del mandato del Shema Yisrael, un formulario usado en la oración cotidiana, que algunos judíos interpretan literalmente y se lo escriben en el brazo y en la frente, así como en el frontal de la puerta de la propia casa. Se prescribe directamente a los padres el acto de transmitir, comunicar e irradiar la Ley. La palabra de la Ley, después de ser asimilada por el corazón de los padres, ha de convertirse de nuevo en palabra, en fidelidad a lo recibido y usando como medio pedagógico la repetición. Todo momento de la jornada y todo lugar en el que se desarrolla la vida ha de convertirse en ocasión de instrucción de la Palabra de Dios.

A la enseñanza de los padres, los hijos debían responder con la obediencia reverencial, que era vista como un signo real de la obediencia debida a Yahveh. Esta obediencia formaba parte del mandamiento de honrar al padre y a la madre, que ocupaba un lugar central en el decálogo. La relación con los padres, no era vista, por tanto, como una relación más de amor al prójimo, sino como una relación con el propio origen. En el Antiguo Testamento es muy clara la conciencia de los hijos de su «ser generados», de no ser el principio de la propia vida.

En el NUEVO TESTAMENTO, el lugar privilegiado lo constituye la humilde y sencilla familia de Nazaret. Jesús privilegió la «casa» (domus) a la hora de anunciar la Palabra de la Salvación. La familia es el primer contexto de la evangelización cristiana . Pero Jesús está pensando en una familia nueva, formada por hijos nacidos no de la sangre ni de una voluntad humana, sino de Dios en el agua y en el Espíritu. No es, por tanto, extraño que la comunidad de los discípulos gire al principio en torno al cenáculo, ni que la fracción del pan, el rito que identifica la primera comunidad cristiana, se celebre en las casas.

Durante un tiempo, Pedro establece el centro de su actividad apostólica en casa de Simón el curtidor. Allí lo irán a buscar los emisarios de Cornelio que, reunido con sus familiares y amigos, lo espera en su casa de Cesarea. En aquella reunión familiar se da el paso trascendental del cristianismo al mundo de los gentiles.

Pero es Pablo quien profundiza en la dimensión catequética de la familia, cuando al hablar de los padres, los convoca a expresar en casa todo el misterio de amor que hay entre Cristo y la Iglesia, a través del amor servicial que deben profesarse como marido y mujer, porque esta es la mejor catequesis que pueden darle a sus hijos.
La Iglesia de los primeros siglos consideró que la educación en la fe de los hijos era una tarea eminentemente familiar. Eran los padres, ayudados por los padrinos, quienes debían iniciar a sus propios hijos en los misterios cristianos. La tradición patrística latina con Tertuliano, San Cipriano y San Agustín, y la griega, con San Juan Crisóstomo, subrayan con insistencia el papel catequético de los padres, aunque quizá acentuando particularmente la dimensión moral.

Durante más de 1500 años no existió, por tanto, en la Iglesia la catequesis infantil estructurada del modo en que nosotros la hemos conocido, sino que los niños eran catequizados por sus padres, quienes, a su vez, eran catequizados por los ministros de la Iglesia. La responsabilidad era, a veces, tan pesada para los padres que preferían retrasar el bautismo de sus hijos. Si los niños estaban sin bautizar les parecía a los padres menos grave que su propio fracaso en su educación.

Con el Concilio de Trento (1545-1563) nace la catequesis infantil, estructurada sistemáticamente fuera de la familia. Este hecho, consciente o inconscientemente, contribuyó a infravalorar el papel que los padres, desde siempre, habían llevado a cabo, mejor o peor, como servicio oficialmente instaurado por la Iglesia. Históricamente comienza así la gradual deserción de los padres de la catequesis familiar, hasta su progresiva recuperación en la segunda mitad del siglo XX.

Esta recuperación se ha debido a diversos motivos: el redescubrimiento eclesial de la corresponsabilidad catequética de todos los bautizados en la complementariedad de los diversos ministerios; la revalorización teológica del sacramento del matrimonio, como matriz no sólo de deberes, sino también de carismas y de dones; la toma de conciencia del papel primordial de los padres en la transmisión de la fe promovida por los movimientos familiares y la gradual participación activa de los padres en la iniciación sacramental de los hijos.

En el siglo XX, el término «catequesis familiar» se convirtió en un concepto técnico que aludía a un modo concreto de transmitir la fe en la familia, que comenzó a fraguar en Francia (años 60 y 70). Ante una situación de devastación religiosa generalizada y de insuficiencia de la catequesis tradicional, se puso en marcha un proceso de preparación de «matrimonios guía», que se extendieron, diez años después, a más de la mitad de las parroquias de París. Casi simultáneamente, surge también en Chile un tipo muy similar de catequesis familiar denominado las «mamás catequistas»: un grupo de madres cristianas son instruidas para catequizar a sus propios hijos.

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